"En un buque de pequeño tonelaje" es un articulo de una subscriptora de la RED VASCA ROJA, publicado en el nº 5 de la tercera epoca de la revista AMURA fechado el dos de diciembre de 1997. La revista se hace y distribuye en los Paises Catalanes, concretamente en los Astilleros de la ciudad de Valencia La estructura de la revista es sencilla y los artículos -en homenaje a Cornelio Castoriadis- van sin firmar. El colectivo de redacción se hace responsable de ellos. Este es el texto del articulo que la RED VASCA ROJA se enorgullece en reproducir:

      EN UN BUQUE DE PEQUEÑO TONELAJE.

      La voz del locutor sonó grave hacia las siete de la mañana un día de aquel otoño: "aquí Radio Moscú trasmitiendo para países de habla hispana. Sin confirmación oficial todavía, nuestras fuentes informan que el dirigente político Ernesto Guevara, “CHE”, ha sido asesinado esta madrugada por fuerzas conjuntas de los ejércitos boliviano y yanqui”.

      El silencio fue terrible en las ondas.

      Y cuentan las gentes que aquel atardecer las sirenas de los buques anclados en los puertos de La Habana, de Santiago, de Leningrado, de Hanoi, de los estuarios africanos, de Amsterdam, rompieron la bruma haciendo la música que la hermosura de un sueño se merecía. Entonaron el silencio de las gargantas con el retumbar de las chimeneas fundiéndolo al batir del mar en una combinación impecable de oportunidad, posibilidad y andadura.

      Atronaron los puertos mientras ululaban las sirenas de los Astilleros.

      Las gentes recibieron el mensaje: los vivos estaban vivos despidiendo a su muerto con un adiós grave, potente, corajudo, valiente. Mientras, cuentan, por el rostro de Ho-Chi-Min, de Mao-Tse-Tung, de Kabila, de Castro, corrió el dolor trazando una marca imborrable. El Comandante quedó unido a una frase: “haremos uno, dos, tres; mil Vietnam”.

      Y dicen que Cuba entera paró el “son” llorando por aquel argentino al que, zumbones, los habitantes de la Isla llaman “Che”, sin más. Un instante después, siguieron inventando ritmos con letras dedicadas a los vietnamitas, desenfadadas, picantes, pegadizas que cruzaban el mundo ridiculizando al ejercito de ocupación yanqui tan cargado de tecnologías, tan empeñado en una guerra sin cuartel ... ¡que perdieron!

      De tanto en tanto el pueblo -que seguía siendo pobre pero arrojó la miseria al fondo del Atlántico una madrugada de enero cuando en huelga general participó del asalto al palacio presidencial y unos barbudos comenzaron a promulgar decretos nacionalizando fábricas, repartiendo tierras, proclamando la única autoridad de las Asambleas de Fábrica, de Barrio, decretos que disolvían el ejercito y la policía, que formaban tribunales especiales contra la corrupción, que declararon a la Universidad patrimonio del pueblo- enviaba a los campesinos vietnamitas barcos cargados de azúcar.

      Los asiáticos apenas sabían que hacer con aquel polvo blanco desconocido pero sonreían al descubrir sobre cada saca un cuño con la bandera cubana y un perfil teñido en negro al que ellos, también, llamaban “Che”. La fuerza de los muchachos cubanos derribando aviones invasores en Bahía Cochinos se sentía en el repiqueteo de los percutores vietnamitas que abatieron al ejercito de ocupación yanqui metro a metro.

      Por estas tierras también hubo música: la del chirriar de los flejes de las multicopistas clandestinas y el del batir del papel contra el aire rompiendo el horizonte. Aquella misma tarde miles de octavillas cruzaron el aire: de colores. De los colores del arco iris: convirtiéndolo así en una creación humana. Lanzadas con furia, con rabia, con seriedad, con fuerza, estaban hechas de miedo, de rebeldía y de un ¡NO! rotundo al mundo caduco, enfermo, obscuro que vivimos.

      Un mundo gris, negro y marrón.

      Aquellas octavillas de colores vivos con el rostro de un hombre afable hicieron luz en el largo caminar de cada día.

      Y su sola presencia impidió que la sonrisa amable, el entusiasmo, la capacidad para decir con los hechos: “basta ya: ahora, es posible” de un fornido Comandante del ejercito cubano fuesen enterradas con su cuerpo.

      Por una vez, el espíritu de un muerto desterró la nostalgia, el lloriqueo, la impotencia.

      Quizás renovó fuerzas, afloró energías y las boinas se encasquetaron con más fuerza, si cabe.

      Los hombres de la mar, como casi siempre, sabían lo que hacían aquella caída de la tarde al recordar la presencia de los barcos: el sueño del argentino empezó a ser real la noche que embarco en un buque de pequeño tonelaje rumbo a cualquier lugar de una isla caribeña.

      El barco se lo había entregado un pequeño Astillero de la mano del nieto del General Emiliano Zapata.

      Desde la amura un grupo de cubanos, armados con pistolas de la guerra civil entregadas por hombres exilados en México, oteaban la noche y su propia intranquilidad: avanzaron exactamente hacia lo desconocido. La proa hecha con el cariño de los compañeros mexicanos era la única señal.

      Cargados con un bagaje firme: el no rotundo a la situación de miseria política y moral en que su país estaba sumido en manos de políticos corruptos, mercaderes de la necesidad y hacedores de la pobreza más triste: la que sentimos las gentes cuando se percibe que ha desaparecido el lugar de los sueños para las propias decisiones, que se está sumido en un enjambre de palabrerío que torna cada instante en desespero e imposibilidad.

      Iban dispuestos a rescatar la política de las manos infectas que la estaba emponzoñando y poner en hechos la dignidad de un pueblo cansado de una dictadura militar atroz y de una posterior democracia hecha de hastío, de promesas que se volvieron falsas, de negociaciones corruptas, de compañeros claudicantes, de estudiantes rebeldes e impotentes, de profesionales desesperados. De violencia obscura y de mucho tedio. Habían fracasado muchas veces. Habían cometido errores atroces. Habían sido capaces de aprender y rectificar.

      Quizás en sus cabezas resonaba aquella frase de los insurrectos asturianos: “lo importante es atreverse”.

      En la andadura habían aprendido que la seguridad, la garantía, el reparto equitativo, eran la cara falsa por la que se pegaba un precio deleznable: la vida de demasiados compañeros. Incluso la propia. Que, en última instancia, solo eran palabras hueras. La desesperanza, el desespero, la desesperación, habían quedado atrás. Navegaron sin ruta fija; desembarcando pronto.

      Y comenzó el zumbido de las balas en la Sierra Maestra, el tintineo de las linotipias en los pueblos, las broncas voces en las Asambleas y la declaración de guerra a un Gobierno que acusaba a los hombres de la montaña de “rebeldes” mientras en las calles, las gentes que empezaban a sentirse ciudadanos, los nominaban, por lo bajito con un adjetivo tan cariñoso como cómplice: “los barbudos”.

      Aprendieron, juntos, a hacer del tiempo oportunidad, a llevar la iniciativa, a valorar cada una de las infinitas cualidades de los humanos. Aprendieron que no todos los vivientes lo son, quizás una de las cosas terribles de aceptar para la buena gente. Que entre el sentimiento y la acción algo se pierde para separarse de provocaciones y de aventurerismos.

      Así empezó a hacer historia aquel muchacho, médico, lo suficientemente honesto para decir adiós a la esperanza cuando descubrió el rostro verdadero de la democracia en su propio país. El rostro de la corrupción, de las promesas falaces, de los obreros pagando, crisis tras crisis, la construcción de un mundo del que solo somos esclavos. La política de los miserables: la del mal menor. Quizás descubrió todo eso muy pronto. Quizás por que era médico y amaba profundamente su profesión desechó convertirla en una máquina de fabricar dinero. Quizás aprendió, escuchando a las gentes de su tierra, que el sufrimiento humano, la desidia, la insatisfacción, esas cosas que los médicos saben, son poco curables con fármacos, con palabras de esperanza o con gestos amables. Quizás encontró la vida en algo distinto a evitar la muerte y subió a aquel barco de pequeño tonelaje para construirla.

      Aunque algunos lo nombren como un héroe, otros como un aventurero, muchos como un idealista, el joven médico supo entender que su propio pueblo estaba devastado tras la dictadura populista del general Perón y eligió ser uno más junto a aquellos cubanos que subían, pistola al cinto, la escalerilla de un buque llamado “Grama” con rumbo a un mundo distinto.

      La osadía, la prudencia, la acción, combinadas, consiguieron romper la política mundial. Sencillamente, las estrategias pactadas en Yalta, la Europa enajenada en reconstrucciones, quedaron atónitas ante aquel pueblo que diluía todas las componendas y con una precisión de yunque se coló en un mundo donde parecía que solo tenían cabida las camisas almidonadas que reclamaban “prudencia por el bien de la nación” mientras los salarios se dividían en columnas y la crisis de su propia producción comenzaba a hacer saber de su debilidad congénita que intentan enmascarar con cadenas de televisión adocenadas, periodistas corruptos y explicaciones para casi todo menos para su propia desfachatez.

      Vencieron los cubanos y ahí están.

      Expuestos a calumnias, al bloqueo económico, a traiciones, a maledicencias, a ... ¡ahí están! .

      Muy pobres y nada miserables. Solos pero rompiendo las estrategias de aislamiento orquestadas desde demasiados despachos oficiales. Odiados sencillamente por que son algo distinto a resistentes: capaces de crear y decidir en las condiciones difíciles del día a día. Hoy, cuando cualquier muchacho luce una camiseta, una insignia, una boina con una estrella roja, a la manera vasca de aquel comandante argentino, la sonrisa de la confianza se resalta en mi rostro. Se que estoy con alguien capaz de hacer presencia del coraje, de la inventiva del afrontar, sin remilgos, el precio que las cosas valen.

      Con el exacto gramaje de inocencia para reírse de los cínicos que, en demasía, pueblan algunos lugares de estas tierras nombrándose como líderes, como representantes o como caudillos.
      Líderes de la demagogia, representantes de la derrota y caudillos del miedo.
      Asesinos de la vida y muertos vivientes que esparcen por donde pueden la semilla de la claudicación, el espíritu de la derrota y el sonsonete desgraciado de “nosotros o el caos”.

      Mientras, los hombres de los Astilleros, los estudiantes hastiados, los campesinos torvos, los profesionales decentes, otean el horizonte como las águilas cuando levantan el vuelo: con astucia y contundencia. Y una pizquita de la sonrisa de aquel hombre llamado “CHE”.

      Hemos pagado, ya, demasiado precio por cruzar fronteras conocidas y se siente la posibilidad de romper un límite sencillamente afrontando una pregunta: “¿que mundo es el que estamos sosteniendo?”.

      Comienza un tiempo otro : “caminemos separados, golpeemos juntos”.

      Ciutat de València, 2 desembre 1997.

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